La escuela debería ser un espacio de cuidado, escucha y acompañamiento. Sin embargo, para muchos chicos y chicas termina siendo otro lugar donde sienten presión, juicio y exclusión.

En San Rafael hay una realidad que se repite en silencio: adolescentes que atraviesan problemas de salud mental, conflictos familiares o situaciones de vulnerabilidad y que, lejos de encontrar contención real en el sistema educativo, se topan con burocracia, trabas administrativas y estigmatización.
Salud mental adolescente: ansiedad, depresión y sobrecarga emocional
La ansiedad, la depresión, los ataques de pánico, los trastornos del sueño y la sobreexigencia son cada vez más frecuentes en adolescentes. No es un invento ni una exageración: es lo que se escucha en las casas, en los consultorios y en los propios pasillos escolares.
Pero el sistema educativo muchas veces sigue funcionando como si nada de eso existiera. Se evalúa igual, se exige igual y se sanciona igual.
Cuando un estudiante atraviesa un tratamiento psicológico o psiquiátrico, cuando falta por indicación médica o cuando su rendimiento baja por cuestiones emocionales, lo que debería activarse es una red de acompañamiento pedagógico. En cambio, en muchos casos, lo que aparece es el señalamiento: “no cumple”, “no alcanza”, “tiene problemas”.
Se habla de inclusión, pero en la práctica se etiqueta.
Repetir no es fracasar
La repitencia sigue cargada de estigma. El que repite queda marcado. Se lo asocia rápidamente con la falta de compromiso o con la “mala conducta”, sin preguntarse qué hay detrás.
Conflictos intrafamiliares, separaciones difíciles, situaciones económicas complejas, violencia simbólica o emocional, diagnósticos de salud mental… todo eso impacta directamente en el aprendizaje.
Sin embargo, pocas veces los informes institucionales reflejan el contexto completo. Se consignan inasistencias, materias desaprobadas y observaciones disciplinarias, pero no siempre se reconocen los esfuerzos, los avances o las capacidades del estudiante.
Reducir a un adolescente a sus dificultades académicas es desconocer su realidad.
Cuando acompañan en el discurso pero no en los hechos
El caso que nos compartieron es claro. Un adolescente que el año pasado manifestó ideas suicidas. Recibió tratamiento, estuvo contenido por su familia, intentó sostener la cursada. La escuela, en apariencia, mostró preocupación. Reuniones, palabras de apoyo, promesas de acompañamiento.
Pero cuando llegó el momento de hacer el informe para el pase a otra institución, el documento solo resaltó lo negativo: el conflicto, la crisis, las dificultades. No hubo una línea sobre sus capacidades, sus avances, su compromiso, sus aspectos positivos.
Ese informe no fue un puente. Fue un sello.
Y cuando un chico de 14 o 15 años queda reducido a un “problema”, el mensaje es devastador.
Traslados que se transforman en obstáculos
Cuando una familia decide cambiar de escuela buscando un nuevo comienzo, muchas veces se encuentra con un laberinto administrativo. Informes que resaltan solo los aspectos problemáticos, instituciones que dudan en recibir a determinados perfiles, trámites que se dilatan.
Un pase debería ser una oportunidad de recomenzar. Pero si el informe que acompaña al estudiante funciona como una advertencia más que como una descripción integral, el mensaje que se transmite es claro: “este chico es conflictivo”.
Eso no es acompañar. Eso es estigmatizar.
Los informes escolares deberían ser equilibrados, responsables y humanos. No pueden convertirse en herramientas que cierren puertas.
El rol de la escuela frente a los conflictos familiares
La escuela no puede resolver todos los problemas sociales, pero sí puede decidir cómo posicionarse frente a ellos.
Cuando un adolescente vive situaciones complejas en su hogar —discusiones permanentes, separación de sus padres, cambios bruscos de contexto— necesita adultos que comprendan que su conducta puede ser la expresión de algo más profundo.
Castigar sin comprender solo agrava el problema. Escuchar, en cambio, puede cambiar una trayectoria.
Más humanidad, menos burocracia
Nadie desconoce que los equipos docentes trabajan muchas veces con recursos limitados y sobrecarga laboral. Pero justamente por eso es necesario revisar prácticas institucionales que, por inercia, terminan dañando.
La educación no es solo contenido curricular. Es acompañamiento emocional, es construcción de autoestima, es posibilidad de segunda oportunidad.
En San Rafael necesitamos escuelas que entiendan que detrás de cada legajo hay un adolescente atravesando una etapa crucial de su vida. Que comprendan que un informe no puede transformarse en una sentencia. Que sepan que repetir, cambiar de escuela o atravesar un tratamiento no define el valor de una persona.
La inclusión no se declama. Se practica.




