Empatados en las encuestas, el presidente busca su cuarto mandato contra Flávio Bolsonaro en una elección que define el futuro de América Latina.

Ayer domingo se vio claro lo que está en juego en Brasil. En el primer debate del balotaje, Lula tuvo que enfrentar no a un adversario con ideas, sino a la herencia más rancia del bolsonarismo. Flávio Bolsonaro, hijo del ex presidente ultraderechista, no llevó propuestas, llevó provocaciones, anotaciones en la mano que decían “corrupto” y la promesa de declarar una guerra interna con militares en las calles.Del otro lado, Lula volvió a poner el eje donde tiene que estar: en el pueblo. Mientras el bolsonarismo agita el Escudo de las Américas de Trump y quiere militarizar la seguridad, Lula defiende lo obvio: las Fuerzas Armadas están para defender el territorio, no para reprimir al pueblo. Y la seguridad se combate con más policía especializada, más cooperación federal y menos show punitivista.
El contexto explica la desesperación de la derecha. Lula viene de recuperar derechos: aumentó el Bolsa Familia un 15%, garantizó dos días de descanso para los trabajadores, perdonó deudas de microemprendedores y adelantó el pago a 50 millones de beneficiarios para que nadie especule con el hambre en plena elección.
Eso es gobernar para los de abajo.Las encuestas lo dicen todo: 46,5% a 45,9%, empate técnico. La primera vuelta la ganó Flávio por apenas dos puntos, pero el noreste pobre, el corazón del lulismo, aún no dijo la última palabra.El domingo 25 no se elige solo un presidente en Brasil. Se elige entre dos modelos: el de la inclusión con Estado presente o el del odio, la motosierra y la entrega a Estados Unidos.



