
La economía argentina muestra una aparente mejora en uno de sus indicadores más sensibles: la inflación comienza a desacelerarse. Sin embargo, detrás de ese dato, se esconde una realidad mucho más compleja que golpea directamente el bolsillo de la gente.
El Gobierno de Javier Milei sostiene que el freno inflacionario es una señal positiva del rumbo económico. Y si bien los números muestran una tendencia a la baja en la suba de precios, esto no se traduce en alivio para la mayoría de la población.
Por el contrario, el consumo está en caída. Comercios de distintos rubros reportan una fuerte baja en las ventas, especialmente en productos no esenciales. Incluso en alimentos, muchas familias comenzaron a cambiar hábitos: compran menos cantidad, optan por segundas marcas o directamente dejan de consumir ciertos productos.

Esta retracción del consumo está directamente vinculada a la pérdida del poder adquisitivo. Los salarios, en muchos casos, no logran acompañar el ritmo de la inflación acumulada de los últimos meses, y eso genera un ajuste silencioso pero profundo en la vida cotidiana.
A esto se suma el impacto de las políticas de ajuste: aumento de tarifas, quita de subsidios y subas en servicios básicos que absorben una mayor parte del ingreso familiar. El resultado es claro: cada vez alcanza menos.
El panorama también se refleja en el sector comercial. Pequeños negocios advierten dificultades para sostenerse, con costos en alza y ventas en baja. En algunas zonas del país, ya se observan cierres de locales y reducción de actividad.
💬 Lectura económica
La baja de la inflación, por sí sola, no alcanza para hablar de recuperación. Sin recomposición del ingreso y sin reactivación del consumo, la economía sigue en un escenario recesivo. El desafío es claro: estabilizar sin seguir profundizando el deterioro social.



